25 de novembre de 2015

For the first time

Bomarzo


Una descripció genial d'un fresc de Gozzoli que des que el vaig veure a la capella dels Médici a Florència em va fascinar




El bailoteo de unos pocos cirios alumbraba, como si los fuera pintando, los frescos de Benozzo Gozzoli que cubrían totalmente los muros del pequeño oratorio. No he visto jamás una cabalgata de tan bella fantasía. El juvenil Lorenzo, el emperador de Bizancio y el patriarca de Constantinopla, representaban a los Reyes Magos en el séquito triunfal. Clarice Strozzi me había explicado a quiénes retrataban los otros personajes: Pandolfo Malatesta, señor de Rímini; Galeazzo Maria Sforza, hijo del duque de Milán; los Médicis; Victorino da Feltre, Nicolás da Uzzano, el propio Gozzoli… Desfilaban, metálicos, multicolores, ataviados con lujoso capricho, sobre caballos de jaeces espléndidos, en un paisaje de cipreses y torres —Careggi, San Gimignano—, de rocas, de bosques, de jardines, como si se encaminaran centelleando hacia una fiesta en la corte florentina… Camellos y animales feroces contribuían a la extravagancia. Volaban los pájaros misteriosos. Y quien me impresionaba más era ese muchacho que lleva un leopardo a la grupa del corcel. Pero no… quien esta vez me impresionaba era el arquero negro que se yergue junto al caballo de Sforza, porque me recordó a Abul, y entonces la escena poética, casi oriental de tan curiosa y alhajada se transformó, estremeciéndome de pavor, en la cacería de Hipólito de Médicis. Hipólito era el adolescente Lorenzo que ciñe una rara corona; Beppo era el muchacho del leopardo, vestido de azul, que se volvía a observarme, sujeto el felino por una cadena… Me miraban los demás, desdeñosos, desde lo alto de las cabalgaduras, desde la magia de un mundo que me condenaba en silencio… Y la cabalgata seguía girando con lenta ceremonia. Aquél era Lorenzaccio; aquél era mi padre; aquél, el cardenal Orsini; aquélla, aquélla con ropas de paje, era Adriana… y estaban encerrados conmigo en una inmensa pajarera que rutilaba al sol. Me miraban callados, como unos jueces aristocráticos, tan ilustres que mi culpa crecía y me postraba ante ellos. Quise huir y Nencia me retuvo. Me apretó contra su pecho. Con una mano me tapó la boca. En la escalinata resonaban voces...

Manuel Mujica Lainez, Bomarzo

15 de novembre de 2015

Sostiene Pereira



¿Una limonada, señor Pereira?, le preguntó solícito Manuel mientras él se sentaba a una mesa. No, respondió Pereira, tomaré un oporto seco, prefiero un oporto seco. Es una novedad, señor Pereira, dijo Manuel, y más a estas horas, pero de todos modos me alegra, eso quiere decir que está mejor. 
Manuel le puso un vaso y le dejó la botella. Mire, señor Pereira, dijo Manuel, le dejo la botella, si tiene ganas de tomarse otro vaso, tómeselo tranquilamente, y si desea un cigarro se lo traigo enseguida. Tráeme un cigarro ligero, dijo Pereira, por cierto, Manuel, tú que tienes un amigo que sintoniza radio Londres, ¿qué noticias hay? Parece que los republicanos están recibiendo duramente, dijo Manuel, pero ¿sabe una cosa, señor Pereira?, dijo bajando la voz, también han hablado de Portugal. ¿Ah, sí?, dijo Pereira, ¿y qué dicen de nosotros? Dicen que vivimos en una dictadura, respondió el camarero, y que la policía está torturando a la gente. ¿Y tú que dices, Manuel?, preguntó Pereira. Manuel se rascó la cabeza. ¿Y qué dice usted, señor Pereira?, replicó, usted está en el periodismo y sabe de estas cosas. Yo digo que los ingleses tienen razón, declaró Pereira. Encendió el cigarro y pagó la cuenta, después salió y cogió un taxi para ir a la imprenta.

Sostiene Pereira, Antonio Tabucchi

12 de novembre de 2015

Bomarzo


Se sentía en Florencia, más que en ninguna otra parte, la fuerza de la vida. Se sentía latir y vibrar y estremecerse a la ciudad de puerta en puerta. Y se sentía al arte también, la presencia permanente, vital, del arte. Los rostros, los ademanes, se transfiguraban en esa atmósfera, como si requirieran el fondo familiar de las pinturas o el modelado del mármol y del bronce para destacarse con intensidad propicia. Iban por la calle unos niños cantando, danzando, y componían un bajorrelieve de Mino da Fiesole o de Luca della Robbia; iban unos graves, pulcros adolescentes, y era Donatello; iba un guerrero, y era Pollaiuolo; iban unos paisanos, y era Ghiberti; iba un caballero delgado, como una flor el traje de brocado de plata, y era Benvenuto Cellini; iban unas damas, con collares de rica armazón y alhajas en las mangas de terciopelo, ceñidas las frentes por aros de oro, y era Pontormo; iba un atleta, y era Miguel Ángel.


(Manuel Mujica Lainez)