8 de desembre del 2015

Retrats i avió de la recreació històrica del final de la Batalla de l'Ebre



















Sobre Manuel Tagüeña...

"El proceso de revisar telefónicamente la disposición de todas las unidades ha terminado, ahora sólo falta esperar que llegue la hora prevista y desear que nada falle. Todo el mundo está pensativo y silencioso. Tagüeña sabe que va a mandar a la muerte a muchos hombres esa noche, pero la causa lo justifica. Si la ofensiva tiene éxito se habrá logrado dar forma a la política de resistencia de Negrín, se habrá podido detener la ofensiva enemiga sobre Valencia y se habrá ganado tiempo para que la guerra en Europa haga que la contienda española entre en un escenario más amplio de lucha contra el fascismo, contando entonces con aliados más importantes. Y de eso se trata al fin, de luchar contra el fascismo. Los recuerdos le invaden. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?, se pregunta. Desde la adolescencia se vio inmerso en la aventura revolucionaria, pensaba que la acción violenta podía transformar el mundo. La sociedad estaba llena de injusticias y había que actuar sobre ellas para cambiarlas. Ello le llevó a la FUE, a las Juventudes Socialistas y, por fin, al Partido Comunista, la organización que más eficazmente había puesto en práctica las ideas organizativas necesarias para hacer frente al levantamiento de los militares rebeldes. El Partido era lo más importante, el comunismo una causa por la que merecía la pena luchar. [...] Tagüeña tiene sólo veinticinco años y dirige una de las unidades de choque más importantes del Ejército de la República, el XV Cuerpo de Ejército; a su mando más de 30.000 hombres y algunas de las divisiones míticas del Ejército Popular,[...] Pertenecía la clase media, estudio la licenciatura en Ciencias Físico Matemáticas y casi termina el doctorado en Física, interrumpido por el estallido de la guerra civil. Siempre osciló entre la vida de acción del revolucionario y la vida de investigación del científico. En este momento, la primera había ganado la batalla. Pero a pesar de eso él era un combatiente estudioso de la táctica, que respetaba y fomentaba el trabajo de sus oficiales de Estado Mayor y trataba de aprender todo lo que podía sobre el mundo militar. La mezcla de valor y técnica era la base necesaria para ganar una batalla. [...]Sus hombres sabían que no era un irreflexivo hombre de acción, que las operaciones en sus tropas eran concienzudamente preparadas y que siempre buscaba asegurar el menor número de bajas posible. Y ahora estaba ante la historia. Él estaba entre los que confiaban que la guerra se podía ganar."





25 de novembre del 2015

For the first time

Bomarzo


Una descripció genial d'un fresc de Gozzoli que des que el vaig veure a la capella dels Médici a Florència em va fascinar




El bailoteo de unos pocos cirios alumbraba, como si los fuera pintando, los frescos de Benozzo Gozzoli que cubrían totalmente los muros del pequeño oratorio. No he visto jamás una cabalgata de tan bella fantasía. El juvenil Lorenzo, el emperador de Bizancio y el patriarca de Constantinopla, representaban a los Reyes Magos en el séquito triunfal. Clarice Strozzi me había explicado a quiénes retrataban los otros personajes: Pandolfo Malatesta, señor de Rímini; Galeazzo Maria Sforza, hijo del duque de Milán; los Médicis; Victorino da Feltre, Nicolás da Uzzano, el propio Gozzoli… Desfilaban, metálicos, multicolores, ataviados con lujoso capricho, sobre caballos de jaeces espléndidos, en un paisaje de cipreses y torres —Careggi, San Gimignano—, de rocas, de bosques, de jardines, como si se encaminaran centelleando hacia una fiesta en la corte florentina… Camellos y animales feroces contribuían a la extravagancia. Volaban los pájaros misteriosos. Y quien me impresionaba más era ese muchacho que lleva un leopardo a la grupa del corcel. Pero no… quien esta vez me impresionaba era el arquero negro que se yergue junto al caballo de Sforza, porque me recordó a Abul, y entonces la escena poética, casi oriental de tan curiosa y alhajada se transformó, estremeciéndome de pavor, en la cacería de Hipólito de Médicis. Hipólito era el adolescente Lorenzo que ciñe una rara corona; Beppo era el muchacho del leopardo, vestido de azul, que se volvía a observarme, sujeto el felino por una cadena… Me miraban los demás, desdeñosos, desde lo alto de las cabalgaduras, desde la magia de un mundo que me condenaba en silencio… Y la cabalgata seguía girando con lenta ceremonia. Aquél era Lorenzaccio; aquél era mi padre; aquél, el cardenal Orsini; aquélla, aquélla con ropas de paje, era Adriana… y estaban encerrados conmigo en una inmensa pajarera que rutilaba al sol. Me miraban callados, como unos jueces aristocráticos, tan ilustres que mi culpa crecía y me postraba ante ellos. Quise huir y Nencia me retuvo. Me apretó contra su pecho. Con una mano me tapó la boca. En la escalinata resonaban voces...

Manuel Mujica Lainez, Bomarzo

15 de novembre del 2015

Sostiene Pereira



¿Una limonada, señor Pereira?, le preguntó solícito Manuel mientras él se sentaba a una mesa. No, respondió Pereira, tomaré un oporto seco, prefiero un oporto seco. Es una novedad, señor Pereira, dijo Manuel, y más a estas horas, pero de todos modos me alegra, eso quiere decir que está mejor. 
Manuel le puso un vaso y le dejó la botella. Mire, señor Pereira, dijo Manuel, le dejo la botella, si tiene ganas de tomarse otro vaso, tómeselo tranquilamente, y si desea un cigarro se lo traigo enseguida. Tráeme un cigarro ligero, dijo Pereira, por cierto, Manuel, tú que tienes un amigo que sintoniza radio Londres, ¿qué noticias hay? Parece que los republicanos están recibiendo duramente, dijo Manuel, pero ¿sabe una cosa, señor Pereira?, dijo bajando la voz, también han hablado de Portugal. ¿Ah, sí?, dijo Pereira, ¿y qué dicen de nosotros? Dicen que vivimos en una dictadura, respondió el camarero, y que la policía está torturando a la gente. ¿Y tú que dices, Manuel?, preguntó Pereira. Manuel se rascó la cabeza. ¿Y qué dice usted, señor Pereira?, replicó, usted está en el periodismo y sabe de estas cosas. Yo digo que los ingleses tienen razón, declaró Pereira. Encendió el cigarro y pagó la cuenta, después salió y cogió un taxi para ir a la imprenta.

Sostiene Pereira, Antonio Tabucchi

12 de novembre del 2015

Bomarzo


Se sentía en Florencia, más que en ninguna otra parte, la fuerza de la vida. Se sentía latir y vibrar y estremecerse a la ciudad de puerta en puerta. Y se sentía al arte también, la presencia permanente, vital, del arte. Los rostros, los ademanes, se transfiguraban en esa atmósfera, como si requirieran el fondo familiar de las pinturas o el modelado del mármol y del bronce para destacarse con intensidad propicia. Iban por la calle unos niños cantando, danzando, y componían un bajorrelieve de Mino da Fiesole o de Luca della Robbia; iban unos graves, pulcros adolescentes, y era Donatello; iba un guerrero, y era Pollaiuolo; iban unos paisanos, y era Ghiberti; iba un caballero delgado, como una flor el traje de brocado de plata, y era Benvenuto Cellini; iban unas damas, con collares de rica armazón y alhajas en las mangas de terciopelo, ceñidas las frentes por aros de oro, y era Pontormo; iba un atleta, y era Miguel Ángel.


(Manuel Mujica Lainez)