5 de febrer de 2012

Historia de una maestra

"... Por entonces, ya empezaba a sentir esa profunda e incomprensible plenitud que produce la entrega al propio oficio. Me sumergía en mi trabajo y éste me estimulaba para emprender nuevos caminos. Cada día surgía un nuevo obstáculo y a la vez el reto de resolverlo. Los niños avanzaban, vibraban, aprendían. Y yo me sentía enardecida con los resultados de ese aprendizaje que era al mismo tiempo el mío...
Yo me decía "no puede existir dedicación más hermosa que ésta". Compartir con los niños lo que yo ya sabía, despertar en ellos el deseo de averiguar por su cuenta las causas de los fenómenos, las razones de los hechos... Ése era el milagro de una profesión que estaba empezando a vivir y que me mantenía contenta a pesar de lo poco que aparentemente me daban y lo mucho que yo tenía que dar. O quizás por eso mismo. Una exaltación juvenil me transtornaba y una aura de heroína me rodeaba ante mis ojos. Tenía que pasar mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta de que lo que me daban los niños valía más que todo lo que ellos recibían de mí."

Josefina Aldecoa, Historia de una maestra

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